Doblo la esquina y me ciega el brillo
de cristales ahumados de oficinas.
Solo distingo el hueco del reloj
con su secuestro de horas,
zanjas de café para los sedientos de sueño,
la ansiedad del perro atado a la puerta,
el salón de juegos cerrado y sus fantasmas
que se ríen de un gigante que agoniza en la acera,
dos zapatillas vacías de hombre en el carril bici,
la negrura puntuada de un cura arañando la cuesta,
flores en la verja por el mendigo
que ya no pernocta en su campamento,
la cruz que nos bendice de verde desde arriba,
una parada de autobús donde comparten el aire
una estudiante sorda y un albañil manchado,
la boca de metro que nos digiere,
los tubos de escape escupiendo plumas de paloma,
la gasolinera que sustrae circulación a sorbos.
Y el solar celoso se guarda el amanecer tras la tapia
mientras una intermitencia verde y roja persiste en el fracaso.
