Hoy
duerme conmigo el ruido de una inmensa maquinaria.
Me
asomo a su estructura, mayor que un edificio,
que
se complace en aplastar crujientes filas de hormigas.
Es
un buque mercante cargado de soles,
que
entona frente a mí el grito agudo de un cetáceo.
Cuando
su proa abre la negra espuma,
las
mujeres agitan sus trenzas verdes de algas
para
avisar del peligro del casco a los corales
y
estalla
un borboteo de olas que baten
contra
la abrupta escollera que corta la salida.
Los
vecinos ven pasar la nave con mansos ojos de buey
desde
hileras de ermitas por donde asoman los cangrejos.
En
un inesperado maremoto, la nave sacude los cimientos
de
esta antigua civilización donde estamos varados,
convencidos
de que estudiamos el gobierno
de
los astros y sus revoluciones,
describiendo
siempre la órbita de un mismo día.
Una
señal naufraga en un embate
y
confía en que vengan a salvarla,
sin
saber si volverá a marcar ella el paso
o
lo hará el falso cíclope
que
regula las corrientes en los estrechos.
Los
motores se tragan el murmullo de los jubilados
que
entrechocan leyendas para
salpicar la Historia.
Yo
escribo mi versión en unas pocas letras
que
bailan conmovidas al temblor de los cristales,
y
con
un astrolabio marco puntos en el cielo
para
inventarme cartas de navegación que nos indiquen
una
posible salida a mar abierto.
Al
cambiar la sombra de opinión,
la
escuela abre sus mandíbulas de presa
y
oigo a los niños gritar que quieren ser marinos inmunes al álgebra.
Mientras
dos ninfas ensayan su frescura ante el piloto,
escucho
un trueno de avalancha
que
desata los aullidos de los lobos de mar sobre el cemento.
La
silueta de un pez araña,
proyectando
su sombra sobre el fondo,
corre
a esconderse en mi abrazo
donde
buscamos juntos un consuelo.
Cansada
de temer el fin del mundo,
salgo
a enfrentar al monstruo desde el muelle.
Voy
desprovista de arpón y de futuro
y
se apoderan de mí unas caracolas
que
me silban al oído mentiras saladas.
Dibujo
el lento viaje del sol con el dedo
y
cuando ya soy capaz de tañer el horizonte
veo
que el enorme artefacto,
cargando
en la bodega la luz del día,
se
aleja balanceándose calle abajo
como
un viejo elefante de paso torpe y absoluto.