En las fachadas
los vanos boquiabiertos
no pestañean
Quiero traerte bruma de arbolado
y lavar con vapor tu piel despierta
peinarte con los dedos embebidos
en el centro latente de la turba
Y mientras te desnudo de hojarasca
desabrocharte el pecho y asomarme
para aspirar aroma a musgo fresco
descansando mi frente en tus arenas
Recorreré el desierto asoleado
poblándolo de huellas indelebles
al descender tu Atlas solitaria
en busca de calor o un nuevo cielo
Y cruzaré tu valle en plena noche
empujando la tierra con las manos
Navegaré en el curso de tu río
Fluiré como un alga en la corriente
Han sido siempre dos y ahora es uno,
desafiando las reglas de armonía
que me dan calma y rigen la manía
de guardar par lo par, que no desuno
lo que ya ha unido Dios, y es oportuno
saber sobrevivir a la entropía
cuando yo llevo un pie que se me enfría
al duro amanecer del desayuno.
Al recordar tu forma de sudario
siento que tengo solo media vida,
y medio cuerpo opina lo contrario.
Te imagino al rehuir la despedida
desairando al que fuera tu adversario,
que ni exime en el cesto, ni te olvida.
Es imposible obviar tanta basura
desde que no te encuentro entre mis cosas;
te intuyo por la sombra en las baldosas
que proyecta tu luz por la abertura.
En tu famoso plan, una fisura
que graba de inquietud viva las losas:
creer en ti termina en peligrosas
expresiones morales de la usura.
Viertes mi esencia a gotas en tu alberca,
licuada a plazos desde el parvulario
aunque sea mi alma triste y terca.
Programo las alarmas casi a diario,
tan segura de no tenerte cerca
que no invento siquiera un escenario.
Sentada al atardecer frente a un lago, me convierto en el centro gravitatorio donde orbitan los planetas. Me bastaría con alargar el brazo para tocarles la frente con un dedo. Robinson conforme con su suerte, he decidido quedarme donde el ruido no altere la composición del aire.
Cada libro es una ventana al universo para ver cómo se sustentan las nebulosas de palabras en el espacio, como polvo radiactivo. Soy el astronauta que, unido a la nave por un cable umbilical, contempla la Tierra desde el vacío mientras piensa en los que esperan muertos el rescate, abandonados para siempre en un planeta hostil.
Las arenas del mundo se reúnen
en un reloj grávido de tiempo,
incapaz de darse la vuelta.
La duna se desliza, va enterrando
hachas de guerra, naipes,
la urgencia que ha olvidado
qué más puede pedirme.
El fuego del ocaso, abrasador
del miedo que destila cada aurora,
me cuenta en pergaminos rígidos
la historia de aquel viejo perro que se enrosca
al sol de los minutos repetidos.
Pasan veloces postes en cuadrilla
enmarcados y vistos de un plumazo
Acaricio en el tren en ventanilla
la sombra del cristal sobre mi brazo
Rompen la ruta ritmos de raíles
inermes de vagón muerto de olvidos
Mi reflejo se puebla de perfiles
de un viajero de labios contenidos
Donde las manos hablan de su oficio
un signo diagonal en las quebradas
me avisa de aparatos sin servicio
y de razones mal acrisoladas .
Filos que muerden piedras blanquecinas
crocante del adiós en dos siluetas.
Van sumando los metros las encinas
Va cayendo la sal por las cunetas
Y doblando paciente las colinas
se me saturan de ecos las maletas
me sorprendo asomada a los charcos,
buscando a mi yo de hoy
entre salpicaduras desiguales.
Mi reflejo es un directo a la mandíbula,
un guijarro que se hunde callado en el limo,
bajo impactos que acribillan las chaquetas.
En un cristal que guarda los colores
como un ave maternal,
me veo llegar, pasar e irme,
desconocida de mirarme por dentro,
peinada de ráfagas.
Hay verde roto por el suelo,
partido a golpes de tos de un cielo ronco,
y paraguas que sortear,
y goterones fríos,
y un silencio que me lleva de la mano.
Hay un pez de plata uncido a un carro viejo
tiene dos gemas de ámbar en los ojos
manos para nadar bajo mis párpados
dedos para soltarme lascas de óxido.
Hay un pez de tela azul que se descose
lleva en su vientre anzuelo de tres puntas
y bajo las escamas, un sigilo
que me estampa en la piel su nombre y fecha.
Hay un róbalo que carga con rastrojos
que lento, picotea donde duele
y nada por los ríos de mis venas
hasta que desemboca en un cuaderno.
Son seres que tamizan el asombro
de verse relegados en peceras,
pobladas de desidia y de algas grises,
pensando si saltar al suelo seco.
Mi casa tiene los vanos opuestos, ventanas imposibles a la calle por donde cruza el aire Cuatro puntos cardinales bien abiertos ...