23 noviembre 2024

ASFALTADO

Hoy duerme conmigo el ruido de una inmensa maquinaria.

Me asomo a su estructura, mayor que un edificio,

que se complace en aplastar crujientes filas de hormigas.

Es un buque mercante cargado de soles,

que entona frente a mí el grito agudo de un cetáceo.


Cuando su proa abre la negra espuma,

las mujeres agitan sus trenzas verdes de algas

para avisar del peligro del casco a los corales

y estalla un borboteo de olas que baten

contra la abrupta escollera que corta la salida.

Los vecinos ven pasar la nave con mansos ojos de buey

desde hileras de ermitas por donde asoman los cangrejos.


En un inesperado maremoto, la nave sacude los cimientos

de esta antigua civilización donde estamos varados,

convencidos de que estudiamos el gobierno

de los astros y sus revoluciones,

describiendo siempre la órbita de un mismo día.


Una señal naufraga en un embate

y confía en que vengan a salvarla,

sin saber si volverá a marcar ella el paso

o lo hará el falso cíclope

que regula las corrientes en los estrechos.


Los motores se tragan el murmullo de los jubilados

que entrechocan leyendas para salpicar la Historia.

Yo escribo mi versión en unas pocas letras

que bailan conmovidas al temblor de los cristales,

y con un astrolabio marco puntos en el cielo

para inventarme cartas de navegación que nos indiquen

una posible salida a mar abierto.


Al cambiar la sombra de opinión,

la escuela abre sus mandíbulas de presa

y oigo a los niños gritar que quieren ser marinos inmunes al álgebra.


Mientras dos ninfas ensayan su frescura ante el piloto,

escucho un trueno de avalancha

que desata los aullidos de los lobos de mar sobre el cemento.

La silueta de un pez araña,

proyectando su sombra sobre el fondo,

corre a esconderse en mi abrazo

donde buscamos juntos un consuelo.


Cansada de temer el fin del mundo,

salgo a enfrentar al monstruo desde el muelle.

Voy desprovista de arpón y de futuro

y se apoderan de mí unas caracolas

que me silban al oído mentiras saladas.


Dibujo el lento viaje del sol con el dedo

y cuando ya soy capaz de tañer el horizonte

veo que el enorme artefacto,

cargando en la bodega la luz del día,

se aleja balanceándose calle abajo

como un viejo elefante de paso torpe y absoluto.



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