Las arenas del mundo se reúnen
en un reloj grávido de tiempo,
incapaz de darse la vuelta.
La duna se desliza, va enterrando
hachas de guerra, naipes,
la urgencia que ha olvidado
qué más puede pedirme.
El fuego del ocaso, abrasador
del miedo que destila cada aurora,
me cuenta en pergaminos rígidos
la historia de aquel viejo perro que se enrosca
al sol de los minutos repetidos.
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