Hay un pez de plata uncido a un carro viejo
tiene dos gemas de ámbar en los ojos
manos para nadar bajo mis párpados
dedos para soltarme lascas de óxido.
Hay un pez de tela azul que se descose
lleva en su vientre anzuelo de tres puntas
y bajo las escamas, un sigilo
que me estampa en la piel su nombre y fecha.
Hay un róbalo que carga con rastrojos
que lento, picotea donde duele
y nada por los ríos de mis venas
hasta que desemboca en un cuaderno.
Son seres que tamizan el asombro
de verse relegados en peceras,
pobladas de desidia y de algas grises,
pensando si saltar al suelo seco.
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